¿Nos atrevemos a ganar?

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El 17 de junio, con la primera vuelta de las elecciones en Grecia, tuve un déjà-vu. Las redes sociales bullían de ilusión y esperanza frente a la posible victoria de Syriza en los comicios. Y sí, me recordó el día en que Bildu, y posteriormente Amaiur, arrasaron electoralmente. La admiración salió de debajo de las piedras, y de un amplio espectro político: desde posturas ‘anticapitalistas’ hasta sectores del Partido Socialista, pasando por grupos parlamentarios de izquierdas –e independentistas–, así como también de espacios de movimientos sociales. Después de años de conflictos en las calles, la izquierda transformadora irrumpía con fuerza en el terreno electoral y se abrían posibilidades de cuestionar y replantear en las instituciones las políticas de austeridad que asfixian al país heleno y a Europa en general.

Y, aunque Grecia y Euskal Herria no son iguales ni comparables, comparten el hecho de que en ambos lugares se ha sido capaz de construir una nueva estructura de oportunidad política a partir de la creación de frentes políticos y electorales amplios. En una situación hostil y adversa, desde posturas transformadoras se ha posibilitado imaginar futuro; cambiar el punto de partida como quien da la vuelta a un calcetín; transitar de un escenario cerrado a un contexto de posibles. Una superación de la situación dada que, a modo de un terremoto, la sacude y modifica, sin posibilidad de marcha atrás; aunque no se sepa aún hacia dónde se camina, ni se tengan recetas claras a las que seguir.

La situación de excepcionalidad se identifica en ambos casos. Grave destrucción de democracia, en el sentido amplio del término. Derechos civiles, políticos y sociales en peligro. En el caso vasco con un acento más fuerte en los primeros, en el caso heleno en los últimos. De todas formas, estos derechos están estrechamente vinculados, no podemos comprender unos sin otros, y en el proceso de desmoronamiento democrático se retroalimentan las agresiones. Los recortes en sanidad, educación y protección social no pueden llevarse a cabo sin un recrudecimiento de la represión. Y de las vulneraciones garantistas derivan también instituciones y políticas públicas de baja calidad y al servicio de unos pocos. Así pues, se atacan las bases del pacto entre capital-trabajo que dio fruto al proyecto de Estado del Bienestar post-II Guerra Mundial, pero también las del propio Estado liberal que puso sus cimiento ya en el lejano siglo XVIII.

Debemos ser conscientes de que vivimos un momento de cambio de época. Los movimientos sociales –que, como nos ha enseñado la historia, siempre van por delante– intuyen y muestran respuestas emancipadoras a las modificaciones regresivas de modelo. En el caso del Estado español, el 15M ha enunciado de forma masiva cuestiones sustantivas, pero también procedimentales; debe hacerse una política al servicio de la ciudadanía, pero también con la ciudadanía –nos dicen las plazas y las redes sociales–. Se pone sobre la mesa la exigencia de una respuesta real –no simplemente retórica– a la crisis desde la izquierda, pero también se recuerda que los aparatos de los actores clásicos –partidos, sindicatos y organizaciones sociales– ya no tienen, y es bueno que así sea, el monopolio de la acción política. Esta enunciación, que no es patrimonio solo de esta irrupción movimentista, es relevante y no debe menospreciarse.

Ahora bien, un cambio de escenario necesita de mucho más y requiere una implicación de múltiples espacios políticos y sociales. No es deseable quitar importancia a la movilización indignada –la ruptura masiva del consenso neoliberal y la salida del silencio y la pasividad son fundamentales para construir futuro–, pero tampoco debe esperarse que ésta nos resuelva todo el lío en el que estamos metidas.

Durante estos últimos meses, y sobre todo a raíz de la aprobación por parte del Gobierno español de las medidas de austeridad exigidas por la troika en contrapartida al crédito ofrecido por Europa para el rescate del sector financiero, en las calles de diversas ciudades del Estado se ha mostrado que existe una capacidad importante de contestación y resistencia. Así pues, una amplia diversidad de actores políticos y sociales muestra su oposición a la salida neoliberal que se le está dando a la crisis económica. Si bien esta capacidad del tejidomovimentista es real, conviene preguntarse si este espacio transformador será capaz de ir más allá y construir alternativa.

Y la cuestión no es baladí, y menos en un contexto de emergencia como el actual. Como no podemos esperar que la estructura de oportunidad, ahora completamente cerrada, cambie sola sin que exista una voluntad y acción de darle la vuelta, los espacios transformadores de cada territorio tienen que decidir si se atreven a ganar, imaginando, remangándose y aceptando contradicciones cuando éstas aparezcan; o siguen refugiados en la comodidad que les da su espacio entre iguales, del cual conocen dinámicas y recetas. Si, parafraseando a Doctor Deseo, soñamos, deseamos y nos atrevemos a transformar… y lo hacemos de verdad, para que el miedo cambie de bando. Syriza y Bildu/Amaiur ya han demostrado que los frentes amplios y transformadores dan temor a los poderes fácticos; que la hegemonía se construye tejiendo en la pluralidad; que las experiencias que combinan calle e institución son las únicas que actualmente pueden abrir posibilidades de futuro. Y aquí no se salva nadie, todas estamos interpeladas y podemos aportar nuestro grano de arena: partidos de izquierda –e independentistas–, sindicatos, colectivos de movimientos sociales, organizaciones sociales, etc.

Atreverse

Nadie dijo que hacer política era fácil. Y mucho menos hacerla contra las élites y a favor de una mayoría social. Y hacerla para ganar, para modificar las condiciones simbólicas y materiales. A modo de notas, algunas ideas que pueden servir para construir posibles, para caminar en la línea apuntada. 1) Se necesitarán altas dosis de generosidad, respeto y de cultura democrática para poder avanzar. 2) No deben excluirse los partidos –parlamentarios y extraparlamentarios–, aunque un proyecto con potencialidad no puede quedarse en una simple suma de estos; son necesarios nuevos actores y nuevas dinámicas, también en los frentes electorales. 3) Será deseable no hacer tábula rasa, pero sí mirar hacia el futuro, construir hacia adelante, errores los hemos cometido todas. 4) Las idealizaciones de lo de fuera, de lo de los otros, son malas consejeras. Así, las experiencias griega y vasca no aceptan copias, aunque puedan servir de motivación. Mejor será empezar a trabajar con los ingredientes que hay en cada territorio, imaginando y construyendo desde lo propio.

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